Así acaban las epidemias

La adaptación de la población a la enfermedad se suma a las medidas para mitigar la transmisión y la búsqueda de fármacos




DANIEL MEDIAVILLA



Cuentan los más viejos de Palacios de la Sierra, un pueblo de la provincia de Burgos, que durante la gripe de 1918, un pastor de cabras al que llamaban Sansané se llevó a sus cinco hijos al monte para que permaneciesen ocultos de un mal que estaba diezmando su pueblo. Aquel hombre rural de aquella España tan distinta aplicó por su cuenta una política extrema de confinamiento que sigue siendo la principal herramienta contra la gran pandemia un siglo después. Como ahora, aquellos críos que sobrevivieron escondiéndose de cualquiera que se acercase, se preguntarían por el final de todo aquello y el regreso de sus vidas.



Entonces, como en gran parte de las epidemias de la historia de la humanidad, el distanciamiento social fue un modo de reducir los contagios. Cuando una cierta cantidad de gente ha superado la enfermedad y es inmune a ella, el contagio se dificulta y la enfermedad se desvanece. Ese ha sido históricamente el final de las epidemias. “A veces ocurre eso", explica José Prieto, catedrático de microbiología de la Universidad Complutense de Madrid, "pero en otros casos lo que sucede es que el virus, según se va adaptando y mutando, pierde virulencia”. Esconderse, como intuía Sansané, es una forma de ganar tiempo.

En muchas pandemias el final llega cuando una parte importante de la población ha pasado la enfermedad


Muchos años después, en 2009, en un mundo mucho más avanzado, una nueva cepa de la gripe H1N1, similar a la del 18, volvió a poner al mundo en alerta. La Organización Mundial de la Salud declaró en junio de ese año que un nuevo virus de origen porcino había provocado una pandemia global por primera vez en cuatro décadas. Para responder a la amenaza, la OMS activó sus acuerdos con empresas farmacéuticas para la producción de vacunas ante la posibilidad de una enfermedad que dejase millones de muertos. La vacuna llegó cuando la gripe ya estaba remitiendo y millones de dosis quedaron sin usar. La expectativa de un virus que se anunció como una epidemia devastadora hizo que las advertencias se viesen como una exageración y proliferasen las críticas por los vínculos de algunos asesores de la OMS con fabricantes de antivirales. Después de dejar más de 250.000 muertos, principalmente en África y el sudeste asiático, la gripe A, como se la bautizó, perdió intensidad, pero, como muchos otros virus que un día saltan de animales a humanos, se quedó para seguir infectándonos como virus estacional.


Miriam Alía, responsable de vacunación y respuesta a epidemias de Médicos sin Fronteras, tiene experiencia en el combate contra brotes de enfermedades en países con circunstancias difíciles, pero también allí, una intervención ordenada puede acabar con éxito. Un primer pilar es la coordinación entre todos los actores. El segundo, contar con todos los datos posibles. “Tener capacidad de diagnóstico, de tener tests”, apunta Alía en la línea con lo que recomendaba la OMS para combatir el coronavirus, pero que en España durante mucho tiempo se consideró innecesario. A falta de esos tests, en países como Yemen, donde MSF lleva dos años trabajando en una epidemia de difteria, han tenido que suplirlos por un diagnóstico a partir de los síntomas.


El tercer pilar es el tratamiento, que no siempre existe. En el caso de la gripe A de 2009 fue polémica la compra de antivirales como al Tamiflu y Relenza por millones de euros para unos tratamientos con una efectividad que fue cuestionada, entre otros, por un informe del British Medical Journal. Ahora, el Remdesivir, un fármaco creado inicialmente para combatir el ébola, ya se está probando en pacientes de varios países para el Covid-19, y hay otros que se pondrán a prueba en los próximos meses.

En la gripe de 2009, la OMS recibió críticas por las inversiones en vacunas o antivirales que fueron de poca utilidad


El cuarto pilar es la prevención. “A veces, tienes una vacuna, como sucede con el cólera o la difteria, pero también se puede prevenir a través de las políticas de agua o saneamiento, como el cólera y el dengue”, continúa Alía. En el caso del coronavirus, se estima que hará falta entre año y año y medio, al menos, para conseguir una vacuna. Dado que se trata de una nueva enfermedad, aún no se puede descartar que pierda impulso con el calor o cuando vaya infectando a una mayor cantidad de la población, pero es muy probable que la vacuna sea muy útil más adelante, al menos para la población de riesgo. Porque el virus, muy probablemente, se quedará entre nosotros.


Por último, Alía destaca un aspecto fundamental que ha aprendido en su lucha contra enfermedades como el ébola. “La epidemia la para la comunidad, en el caso del ébola, yendo a los centros de tratamiento cuando han tenido contacto con alguna persona enferma o respetando la cuarentena de 21 días. En el caso del Covid-19, quedándonos en casa o lavándonos las manos”, concluye.









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La experiencia muestra que las epidemias o incluso las pandemias, por temibles que parezcan, llegan a su final. “Habrá dos olas de Covid, puede que tres, pero en un año a partir de ahora, aunque no haya vacuna, se habrá infectado un 40% o 50% de la población mundial, lo que dará lugar a que el virus frene su propagación”, decía ayer en este diario el virólogo Adolfo García Sastre. Otro asunto diferente son las secuelas que puede dejar en la sociedad. José Prieto recuerda las plagas que llevaron los europeos a América y dejaron a aquellas civilizaciones al borde del colapso, maduras para el asalto de los recién llegados. Y recuerda la cicatriz psicológica del miedo y sus efectos sobre la confianza en los extraños. “Por la caridad entran las pestes, se decía”.


“Quedarán algunos hábitos, respecto a la higiene o al comportamiento en aglomeraciones o algunas medidas políticas o en sanidad”, apunta Prieto, pero “cuando pase todo también llegará el olvido, es inevitable”. En este sentido, el catedrático recuerda una anécdota sobre las epidemias de cólera de finales del siglo XIX en Europa “Cuando llegaba una de estas epidemias a un país vecino, los diputados corrían a proponer la creación de una dirección de sanidad. Se dotaba económicamente, pero no habían pasado tres meses y ya estaba amortizada. El ministerio de Sanidad no volvió hasta la Transición”, casi un siglo después.






Fuente: El Pais

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